metro Madrid
Me voy, bomba de humo.
Me noto cascada, con los ojos cansados.
Se me va la energía por la pierna y por eso decidí prescindir del camino a casa andando. Hoy no di los pasos del día, pero bailé y sudé. Ya cuenta. Mucho mejor meterme en el metro y leer. Leo hasta que suena mi parada por los altavoces. Me sé perfectamente el modus operandi desde Lavapiés. Hace mucho que no uso esta parada, más o menos desde que me mudé. Ahora suelo volver andando.
Paso la tarjeta por el torno y a mano izquierda pillo el ascensor. Clico el botón y se abre, me meto. Bajo a la menos uno, pero al llegar tengo que subir por las escaleras mecánicas hasta llegar al andén. Me siento en un sitio verde porque es casi la una de la mañana. Antes miro a mi alrededor, eh. Escucho un grito, entran en el vagón dos tortolitos a trompicones. No me sacan más de diez años, son tan jóvenes como yo, pero ellos parecen más. No están cansados, están enamorados, eso te llena la batería a tope.
Por fin, volveré a casa en nada. Y llega la primera parada, sol. Pero, no, ¿lo he cogido en dirección contraria? Yo tengo que ir al sur. Duda: ¿Equivocarme me quita el padrón de Madrid? Ese que con tan pocas ganas y con tanta necesidad tuve que solicitar. Pues no, pero deberían quitármelo. Me he confundido de dirección, se me ha ido la olla. Porque este es el camino que me lleva a mi antigua casa, en Arapiles. Joder, ahora vivo en dirección opuesta, joder, no.
Cogí la línea 3, pero la línea 3 no es la 5. No soy disléxica, no confundo números. Tampoco daltónica, la excusa del color tampoco puedo usarla. Pues pasó, me he perdido por mi ciudad.
Buenas noches, descansen y no se pierdan en el transporte público.



Como persona capaz de perderse incluso en Ferrol no tengo ninguna duda de que ese sería mi pan de cada día si viviese en Madrid